Líbranos de mi

Tengo a Dios secuestrado. Lo alimento apenas con las sobras de comidas solitarias y de cenas trasnochadas. Dice que le hace falta ver la luz del sol, yo digo que más bien le hace falta morirse.

¿Quién querría vivir, como apestado, en el cuarto de un departamento que desaparece entre el ruido de camiones, de ciudad? Dios, sólo Dios insiste en seguir respirando, por su consabida necedad de ser el salvador, siempre el último en morir.

Como si no fuera suficiente con que respiremos los deprimidos. Ahora, hasta los que se creen víctimas tienen que acabar con el oxígeno.

Cuan necio he sido. Cuando juraba que Dios era una mentira, jamás me imagine encontrarlo cortando flores, arrancándoles la vida sólo para oler su perfume. Así hace con nosotros, quitarnos la vida para oler lo que somos, para burlarse de lo que nunca seremos.

Cuan necio ha sido, cuando juró que yo lo respetaba, que le destaparía los ojos, le quitaría las amarras, lo liberaría. ¿Acaso él me ha liberado?

Lo he golpeado hasta el cansancio. El cansancio suyo, porque el mío ya lo hubiera matado. Cuánta rabia me da verlo como un despojo. ‘Vamos escapate, ocupa la divinidad que presumes. Huye de las cuatro paredes que te condenan, busca los cielos que te perdonen’.
Pero no. Se queda quieto y crea sólo silencio.

El silencio que castiga, la ausencia de respuestas que asesinan poco a poco. ¿Qué hace existiendo si niega que existe? ¿Qué hace escondiendo la boca llena de maldiciones que le pudren el estómago? ¿Qué hace aquí en mi departamento?

Mejor sería matarlo, dispararle en la sien para que no sufra, pero eso sería ser ejemplo de compasión y no quiero. Me niego a seguir sus falsos juegos. Mejor sería matarlo, facilitarle la pistola con las balas suficientes para que no fallé, pero eso sería volverme el aplaudido, al que le besan los pies porque ha matado a Dios.

No, no soportaría volverme el elegido, al que los hombres le exigen que cumpla todos los caprichos del mundo. Eso sería tener que aprender a no jurar en vano, a estar en el cielo y en la tierra y en todo lugar, a perdonar los ofensas, a no caer en la tentación. Líbranos de mi Dios, porque otro como tu, no quiero ser.

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