En invierno

Luis asomado a la ventana veía los copos de nieve caer sin cesar anunciando la llegada del invierno. Ya no podría salir a corretear por el jardín, como cada tarde en los últimos meses.

Su madre lo consolaba, lo ponía a realizar labores de la casa, como cocinar, remendar alguna prenda o jugar a las escondidas.

Que más daba lo que se hiciera, estar en casa era lo triste. No por el encierro, sino por la lejanía con los amigos, especialmente con Tere, la amiga en la casa del árbol.

Por eso, los inviernos eran insoportables, tanta lejanía es difícil de soportar. Aunque dejar de ver aquella sonrisa tenía sus ventajas, una nomás, que las mejillas no se pusieran rojas como jitomates.

Pero, por lo demás era tristisimo pensar que sólo la vería en la escuela y eso de lejos, jugando con alguna de sus amigas o saliendo del patio de la mano de su papá.

Apenas una sonrisa cómplice, apenas un guiño discreto debajo de los ojos de los adultos para que no lo noten.

Era hacer una cita, era decir: sí antes que se oculte el sol en la casa del árbol, lleva galletas y agua, lleva tus ojos y tu sonrisa, no faltes.

Entonces era regresar corriendo a casa, saludar a mamá con un beso tronado y escuchar su pregunta ‘qué te pasa, estás bien’, gritar en silencio ‘estoy mejor que nunca mami’.

Y en la comida, una cucharada tras otra, la sopa dentro de su cuerpo en un dos por tres y después el guisado, albóndigas, verduras, no importa, pique o no pique, masticar rápido, rapídisimo, para poder huir, escapar hacia su única casa, la del árbol.

La tarea antes, unos cuantos rayones en el papel cuadriculado y listo, sumas, restas, de lo mas sencillo cuando se hacen tan de prisa.

Un suéter amarrado a la cintura y  un regalo hecho con las pequeñas manos llenas de urgencia, una flor, de papel, blanca, cuadriculada.

Abrir la puerta, oler el sonido del bosque, presentir la primavera, correr, a la espalda la puerta se azota y el sonido empuja a Luis, correr, llegar antes, correr.

Las 5, el sol aún no se esconde. El árbol es casa llena de pájaros que en silencio esperan también.
Tere llega una y otra vez puntual a la cita. Sin urgencia, toma la flor, la huele, sonríe.

Era todo, de vuelta a casa con el corazón inflamado de alegría.

Hasta que en invierno son las 5, las 6, la espera cuando llega no se va. Luis temblando de frío abraza el árbol. las 7, las 8.

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