Sofía

I
–Mírate en el espejo, –insistió.
Yo no vi nada, sólo una silueta oscura que era delineada por un reflector que daba justo en mi cabeza.
La mujer con fuerza, me empujó, el contraluz se perdió y pude
verme.
–¿Esto es lo que eres? ¿Una vil plasta de maquillaje?

II
La conocí un día de abril, yo llegué a mis clases de gastronomía, tarde, muy tarde y ahí estaba, gritando.
–Empuña mejor las tijeras, con fuerza niña, el pollo no tiene porque reventarte.
Me sorprendió que la tranquila Lulú estuviera ausente. Según me contaron después, nos abandonó porque su corazón le ordenó seguir a un cantinero.
Pase al salón en puntillas, procurando hacer el menor ruido posible para no levantar la mirada de aquella extraña mujer. Pero fue imposible, como un ave encontrando a su presa, me atrapó.
–¡Ey tú! ¿Qué piensas? ¿Qué te crees? ¿Cómo le faltas al respeto así a tus compañeras, a mí, a la cocina, a nuestros ingredientes con tanto esmero preparados?
Me detuve de inmediato y bajé la mirada. Se acercó lentamente a mí, sin quitarme la vista de encima. Su olor a sándalo se hacia más fuerte con cada uno de sus pasos. Entonces, sentí su mano enguantada forzando mi barbilla.
–Cuando te hable mírame a los ojos, nadie que pretenda dominar la magia de la comida y el sazón puede agachar la cabeza cuando otro ha perdido la paciencia. Siéntate.
Me senté. Pero, sorprendida la vi volviéndose de nuevo a mí.
–Qué, no vas a decir nada.
–Lo siento. –Le dije. Está vez sin bajar los ojos.
–Entendieron chicas, con humildad y paciencia se debe cocer a una hermosa cocinera. –Gritó. –Serás grande Sofía, serás grande. –Sentenció, mientras me daba la espalda.
–Cómo sabía mi nombre. –Pensé.

III
Mide 1.85 metros de estatura.
Usa guantes blancos satinados hasta arriba de los codos y un vestido negro de seda, amplio y pesado, cubierto de chaquiras y lentejuelas.
Su largo pelo todo el tiempo está envuelto en chongos coronados por peinetas brillosas. Pero, los lunes hace una excepción. Cubre su cabeza con un sombrero de ala ancha, negro con rayas blancas, en él esconde una mariposa multicolores que deja volar al mediodía. Para ello, huye a mirar el sol en su cenit, en un bosque encantado que inventa al cerrar los ojos.
Le gusta tomar el té a las tres de la mañana cuando hay luna llena, cuando no la hay duerme plácidamente hasta las cinco y sale a caminar al bosque.
Ahí, arrastra su largo vestido entre los árboles y esconde debajo de él flores de colores rotas por el viento.
Sus ojos grandes emiten centellas de colores, mientras sus labios gruesos sentencias que golpean directo en el pecho.
Siempre elegante. Asegura que preparar alimentos es el paso
previo para alimentar el alma, por lo que se toma muy en serio la lenta preparación de sus guisos.
Antes de iniciar, se deshace del vestido negro y los guantes que resguardan el santuario con el que cocina. Desnuda, se alimenta con la idea de alimentar a otros.
Es Sofía. Mi profesora de Gastronomía.

IV
Frente al espejo, comencé a limpiarme la cara con un algodón blanco que fue tiñéndose de color cobrizo, mi cara se despintaba, poco a poco, desangrándose.
Ante mí aparecieron unos ojos claros, grandes, que emitían unos intensos rayos de luz que iluminaban mi recién desnudez. Los apague. Cerré los ojos y unas gotas de lluvia cayeron sobre mis manos, mojando mis ganas de seguir adelante.
Sofía me picó los ojos. La vi entonces detrás de mi con su gran sombrero, viendo fijamente mi reflejo en el espejo, con sus dos manos manipuló mi cabeza para que mis ojos se encontrarán.
–Cuando logres aceptar este rostro, podrás conocerme.
Desperté sobresaltada, sin ropa. Un intenso olor a chocolate recién horneado invadía la habitación. Colgado a un costado de la ventana me esperaba un amplio y pesado vestido negro de seda, repleto de chaquiras y unos guantes satinados. En el buró un sombrero de ala ancha con unas rayas blancas y una mariposa multicolores. Ya casi era mediodía.

Anuncios

About this entry