Constelación

Querida mía:

Conocí tu espalda, hecha de lunares, aquella vez cuando abandonaste la mesa circular donde te pedí que fueras mi amante.

Aquel día, ni las velas, ni el sonido improvisado del bajo y el piano, ni el olor a carne terminación tres cuartos, ni el vapor de las verduras recién servidas, ni mis suplicas, pudieron hacer que te quedaras.

Cuando te fuiste, sólo pude ver aquel pronunciado escote que abría una v impronunciable desde tu cintura hasta tu cuello.

Como un camino que se bifurca, ahí estaba tu escote resaltando tus lunares, tu partida.

Entonces, pensé en la posibilidad que hoy te plantea esta breve misiva. Tal vez no quieras, tal vez no estés de acuerdo, pero te juro que ahora no es de amor de lo que te hablo.

¿Me permitirías contar tus lunares? En mi intención no radica ninguna necesidad de poseerte, ¡que va! Simplemente es un afán matemático lo que me hace escribirte estas líneas.

He pensado en las dos únicas posibilidades que miro claramente. La del sí y la del no. Si tu respondieras que sí, que puedo contarlos, entonces te llevaría a un sitio solitario, tal vez una cabaña enclavada en un bosque, donde sólo el olor a hierba mojada nos acompañe.

Ahí, te quitaría la ropa poco a poco, primero los zapatos de tacón que calzas apretadamente, luego la falda que llevas hasta las rodillas con una abertura que deja ver tu torneado muslo derecho, hasta el último arrancaría tu escote.

Te recostaría lentamente sobre la cama. Te susurraría al oído el número uno adivinando aquel lunar que está sobre tu cuello, por debajo de tu oído izquierdo.

Te daría la vuelta, despacio, para tener tu espalda de frente. Me acercaría a ti, poco a poco, conteniendo mi vaho para que no te estremezca, entonces diría el número dos.

Te tocaría sólo para hacer con mi dedo índice una línea imaginaria entre el primer y el segundo hallazgo, que sé a mitad de tu espalda.

Si aceptas que cuente tus lunares, te necesitaría quieta, los procedimientos matemáticos requieren de silencio y concentración.

No tienes nada que temer, seré muy profesional, aunque no prometo rapidez, sumar uno más uno no es tarea sencilla, cuando sólo se tiene el cálculo mental.

Nunca sabré cómo palpitan tus finos labios, ni tampoco sentiré el ángulo de tus caderas; si acaso, en esas partes un lunar me detiene, abandonaré tus pliegues en tanto este seguro del resultado de la suma.

Tampoco seduciré tus pies, ni hablaré con tus hombros, mucho menos diré que te deseo, ni siquiera lo suficientemente bajo como para que sólo lo oigan tus pequeños oídos.

Te juro, que aquellos cabellos color azabache no se quedarán entre mis dedos, estrangulando mi urgencia.

Debes saber, que para mí las tareas matemáticas no tienen que ver con el deseo, con las necesidades físicas, ni siquiera con la química hormonal, son pura ilusión.

Pero, si aún te queda duda de mi palabra y dices que no, entonces querida, podrás estar segura que seguiré soñando que cuento tus constelaciones.

No maldeciré tu nombre, ni lloraré días enteros sabiendo que aquella vez fue la última; cuando, en tu arrebato, abandonaste la mesa circular donde te pedí que fueras mi amante.

El día que tus lunares me dieron la espalda.

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