Encuestador de ilusiones

Tocó a la puerta dos veces. Cuando abrí, ahí estaba. Uniformado con un chaleco negro de terciopelo y un corbatín rojo apretándole el cuello.

Con los ojos perdidos, acudió a mi mirada hasta que puso delante de mi un gafete que decía ‘Roberto, encuestador de ilusiones’.

Sin quitar el gesto afligido que le remarcaba las patas de gallo de sus brevísimos ojos, me dijo ‘Sólo una pregunta’. Yo asentí.

‘¿Quisieras volar un papalote conmigo?’, decían las letras dibujadas en su mano derecha que leyó despacio.

Lo abrace y mientras sus lágrimas bañaban mi hombro le susurre ‘Te pedí que no volvieras’.

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